
Venezuela en el Corazón del Mundo: El Fervor Desbordado por la Santidad Nacional
Por Luisana Lunar
El Latido de la Fe y el Orgullo Nacional
La mañana del 19 de octubre de 2025, un sentimiento inmenso envolvió la Ciudad Eterna. El mundo fue testigo de una ofrenda de amor inigualable: Venezuela se instaló en el corazón de Roma, llevando consigo la calidez de su tierra y la fuerza inquebrantable de su fe.

La Plaza de San Pedro, epicentro de la cristiandad, se tiñó con los colores vibrantes del amarillo, azul y rojo. Miles de gargantas, con un inconfundible acento criollo, desbordaron el Vaticano con un oleaje de fervor, lágrimas y esperanza. No era solo una peregrinación, era una nación que vibraba al unísono, celebrando un hito que reescribe su historia de fe y orgullo: la canonización de San José Gregorio Hernández y Santa Carmen Rendiles.

El Vaticano resonaba con nuestra alegría. Este evento, de alcance universal, se sentía íntimo, familiar, porque dos nuevos modelos de santidad surgidos para la Iglesia eran, indudablemente, dos de los nuestros.
Para honrar este día histórico, muchos llevábamos la fe en el corazón y el gentilicio en la piel. En mi caso, como orgullosa llanera, asistí a la ceremonia vestida con un Liquiliqui. Esta prenda, nuestro traje nacional, un símbolo palpable de la dignidad y el sentir venezolano, realzado por un tocado en el cabello adornado con flores de los colores de nuestra bandera.

La Fiesta que Precedió al Milagro: Música, Nostalgia y Hermandad
La celebración de la santidad venezolana comenzó mucho antes de la misa papal. Los días previos fueron un despliegue cultural de fe. Mientras la espera crecía, la hermandad se palpaba en cada calle aledaña. Ir caminando por Roma y toparse con un hermano venezolano se convirtió en un acto de pura emoción: aún sin conocernos, nos saludábamos con el alma y nos abrazábamos con la ternura de quien encuentra a un familiar querido. Era la fe uniendo corazones bajo un mismo tricolor.

La atmósfera alcanzó su punto álgido con la serie de actos preparatorios: vigilia de oración profunda y, especialmente, la magia de la música. La presencia de la Orquesta Sinfónica Infantil de Venezuela fue un regalo sublime. Sus conciertos no solo nos emocionaron a los venezolanos, sino que también fascinaron a italianos y a las demás nacionalidades presentes.

El repertorio fue un puente directo al alma: cuando la orquesta atacó las Gloriosas notas del Himno con su Gloria al Bravo Pueblo fue orgullo puro y duro; la sensación de escuchar el arpa, el cuatro y las maracas en el corazón de Roma no tiene comparación. Para quienes llevamos tiempo lejos de casa, escuchar “El Alma Llanera” ese joropo tema que es nuestro segundo himno resonando en otras fronteras fue una avalancha de nostalgia y orgullo. Pero el momento cumbre, el que hizo llorar a mares a toda la diáspora, fue al sonar «Venezuela», interpretado con la pureza de voces infantiles, se sintió como una promesa, un abrazo colectivo que nos decía que, incluso en la distancia, seguimos siendo un solo pueblo.

Era la cultura, la fe y el arte de Venezuela hablando un lenguaje universal, recordando de dónde venimos y a dónde podemos llegar. La música, más que un arte, fue un bálsamo que preparó el alma para el encuentro con lo sagrado.
El Rigor del Proceso: La Puerta a la Inmortalidad de la Fe
Mientras el estruendo de los cánticos y el batir de las banderas llenan la Plaza, es crucial recordar que esta ceremonia es la solemne culminación de un camino que, en el caso de la «luz de Isnotú» y de la «Madre Carmen», ha durado decenios.
La Canonización es el acto pontificio supremo por el que el Papa declara que un fiel ha alcanzado la santidad y es digno de culto universal. Es la resolución de un largo y meticuloso proceso:
- Siervo de Dios: Inicio de la investigación diocesana.
- Venerable: Comprobación de que vivió las virtudes heroicas.
- Beatificación: Se requiere la prueba de un milagro (o ser mártir).
- Canonización: Se exige la comprobación de un segundo milagro (posterior a la beatificación).

El hecho de que dos de nuestros paisanos hayan superado este tribunal de fe y ciencia, que examina cada detalle de su existencia, es lo que agranda el fervor que hoy desborda las calles. No solo celebramos la fe, celebramos la vida probada y confirmada de «dos de los nuestros».
El Éxtasis del «Sí» Nacional: Lágrimas y Banderas en el Cielo
Y entonces llegó el instante eterno. Al escuchar la fórmula solemne del Papa, esa declaración que inmortaliza sus nombres en el santoral, la Plaza de San Pedro estalló. Fue un grito ahogado que nació en el alma, una explosión de fe y liberación. El nombre del médico humanista y el de la fundadora de la Congregación de Siervas de Jesús, resonaron bajo el cielo romano, pero la respuesta fue el eco potente de Venezuela.
Al estar allí, en el Vaticano, y ver nuestras banderas ondeando en lo más alto, sentir la alegría de una nación que celebra tener dos nuevos intercesores en el paraíso, es una emoción que desarma, que no se puede traducir en palabras. Es un nudo en la garganta que se disuelve en lágrimas de gratitud (vamos que se me aguo el guarapo pa entendernos). La santidad se hizo carne, se hizo gentilicio. El orgullo colectivo de que sus historias se conviertan en modelos universales es una inyección de esperanza que atraviesa fronteras.
Y al finalizar la misa, el momento cumbre de la fe personal: ver al Papa salir a saludar a sus fieles. Estar tan cerca de Su Santidad y recibir su bendición fue un regalo inmerecido, la confirmación de que la fe es real y palpable.

Un Legado que Trasciende: El Compromiso de los Nuevos Santos
El fervor no cesó con el domingo. El día lunes a las 8 de la mañana, San Pedro nuevamente estaba repleto de venezolanos para celebrar una misa de acción de gracias por nuestros nuevos santos. Las palabras del Cardenal Pietro Parolin nos siguieron llenando de esperanza. Posteriormente, la peregrinación culminó con una audiencia con el Papa, un cierre majestuoso y lleno de gracia.
Esta doble canonización es mucho más que una fiesta. Es el recordatorio, en tiempos complejos, del camino trazado. Significa una inyección de esperanza y una reafirmación poderosa de los valores que encarnaron San José Gregorio y Santa Carmen: el servicio desinteresado, el amor al prójimo, la solidaridad, la humildad y, sobre todo, la esperanza inquebrantable.

Que, así como ellos, podamos seguir una vida de entrega al servicio, amor, solidaridad, humildad y esperanza. Este magno evento, celebrado con tanta alegría y gratitud el 19 de octubre de 2025, no es el punto final, sino el glorioso inicio de una nueva etapa de devoción y compromiso para el país. Nuestros nuevos santos son ahora faros eternos que nos llaman a la acción. Venezuela ha sembrado una semilla de fe y amor en el corazón del mundo, y esa luz nos compromete a vivir a la altura de los milagros de la fe.

Fotografias:Luisana Lunar
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